El objetivo de la Palabra.

Lecturas bíblicas
a. Deuteronomio 15, 7
b. Lucas 16, 19-31
c. Hechos 2. 1-13.

El objetivo de la Palabra de Dios no es enseñarnos a balbucear, ni volvernos elocuentes y  sutiles, sino reformar nuestras vidas (Calvino)

Al igual que la multitud presente
en Jerusalén el día de Pentecostés, nosotros también podemos
preguntarnos: ¿Qué significa en la actualidad, en el contexto de mundialización, este
acontecimiento que habla de la constitución de un pueblo apto para comprenderse a pesar de los
diversos orígenes y la diversidad de lenguas? O también, ¿Cómo podemos entender la palabra de
Jesús que nos promete la vida en abundancia mientras que tanta gente vive en la pobreza, son
víctimas de violencia e injusticia?
Jesús acompañaba sus palabras con gestos de curación. Pero, en ocasiones, también denunciaba
con palabras duras a los que por su interpretación de la Ley encerraban a los pobres en su
situación de excluidos. El Espíritu Santo une, pero para eso, nos invita también a vivir en un
camino de reconciliación que destruya los muros del odio y de la discriminación.
Calvino, por fidelidad al mensaje evangélico, creó en Ginebra el Hospital General para atender
las necesidades de los indigentes y ofrecer una acogida a los transeúntes de su época. Pero
también actuó sobre las causas de la pobreza en la ciudad. Una de las causas mas importantes de
la miseria de su tiempo, era la ignorancia en la que se encontraban demasiadas familias pobres.
Por esta razón, abrió gratuitamente la escuela a todos y mediante la creación del Colegio y la
Academia, ofreció a los jóvenes unos medios extraordinarios para adquirir nuevos conocimientos
que les capacitaran a tomar la palabra y actuar.2
En su Catecismo y sus comentarios de las Escrituras Santas, Calvino resaltaba varios elementos
que debían, según él, inscribirse en la fidelidad al Dios de Jesucristo. Cierto, sólo la gracia de
Dios nos salva pero su Ley continua siendo un pedagogo apto para dirigir nuestras decisiones.
Calvino decía, somos los “tenientes” de Dios en el centro de su Creación, es decir, responsables
de mantenerla y desarrollarla para garantizar lo “bello” y “bueno” que Él ha querido en su
proyecto. El Espíritu es el que nos permite este trabajo comunitario de discernimiento. Nos libera
del rigor de la Ley pero nos hace responsables de elaborar una ética conforme a la visión y a la
misión creadoras.
Así pues, Calvino insiste en el hecho de que el mandamiento “No robarás” concierne en primer
lugar a los ricos cuando éstos no asumen sus responsabilidades y privan así a los despojados de lo
que es suyo. Igualmente, siendo el trabajo una vocación de Dios y el salario el signo de su
providencia, privar a alguien de su trabajo sin otro motivo que querer aumentar su propio
beneficio ¡es considerado como un crimen por el Reformador! Calvino no condena a los ricos.
Les considera mas bien como personas a las que Dios ha confiado grandes responsabilidades
estimando que son capaces de ejercerlas. Redistribuyendo una parte de sus riquezas, aunque solo
sea mediante el impuesto, los ricos están llamados a ser dispensadores de la gracia de Dios. Pero
si por desgracia, olvidan este servicio y no buscan sino acumular los bienes que han recibido, se
vuelven semejantes a los Hebreos en el desierto, que por una ambición demasiado grande o por
desconfianza, han escondido el maná. El don que se les había dado para satisfacer sus
necesidades de alimento se pudrió en sus bolsas (cf. Éxodo 16).
Sin embargo, Calvino no considera que los pobres sean justificados en todas sus palabras y sus
obras, por el simple hecho de su pobreza. Fustiga a los que se complacen en la pereza o a los que
pillan y roban todo lo que pueden. Considera que cometen un sacrilegio cuando van a arrancar de
la mano misma de Dios lo que Él había reservado a otra persona.
Sólo el equilibrio entre las responsabilidades de los unos y de los otros puede garantizar el bien
común y el bien personal. Estas responsabilidades serán ejercidas verdaderamente si los unos y
los otros reconocen que no son nada sin la gracia de Dios. He aquí lo que el Reformador escribe
en su comentario del Sermón de la Montaña: “Tengamos en cuenta que es necesario que la 3
pobreza entre en nosotros y nos purgue de todo orgullo y vanidad, y sepamos que no somos nada.
El que es pobre a su juicio, es decir, el que voluntariamente se anonada y no se atribuye nada...
esta persona, digo yo, es bienaventurada...”
Estas reflexiones nos permiten reflexionar sobre nuestra propia manera de considerar nuestra
riqueza y nuestra pobreza. Pero también nos llevan a preguntarnos sobre el funcionamiento actual
de nuestra economía, lo que la motiva y los objetivos que persigue.
Cuando aprendemos que el agua está siendo privatizada en algunos países de América Latina,
África y Asia y que cuesta cuatro veces mas que antes, cuando leemos que la población del
Camerún tiene su salud y su economía local amenazadas a causa de la importación masiva de
pollos congelados no aptos al consumo, cuando constatamos que ciertas empresas prefieren
privar de trabajo a miles de personas para aumentar sus beneficios y contentar a sus accionarios,
cuando asistimos a la deforestación de la selva tropical para fabricar muebles de lujo, tenemos
razones para escandalizarnos. Pero sobre todo tenemos que reconocer que no trabajamos a favor
de la creación. Por el contrario, estamos implicados en un trabajo de “descreación” en el que
todos serán víctimas un día, que sean ricos o pobres.
Sin embargo, todas las informaciones que recibimos no tienen sentido si nos desaniman o nos
culpabilizan. Al contrario, es necesario escuchar las palabras bíblicas que nos recuerdan que
nosotros también tenemos el poder de actuar.
Hace unos treinta años, los pastores André Biéler y Lukas Vischer lanzaban junto con otros
cristianos de Suiza francesa la Declaración de Berna. Las personas que adherían, se
comprometían a dar un 3% de sus ingresos para sostener proyectos de desarrollo. La información
que la Declaración de Berna ha difundido, permitió también que numerosos colectivos públicos
aumenten sensiblemente su participación en tales proyectos. Después, otros miembros de
nuestras iglesias han constituido un grupo de accionarios críticos en el seno de la Asamblea
general de una multinacional. Esta iniciativa, seguida por otras del mismo tipo, condujo a una
gran mayoría de bancos a proponer en la actualidad fondos de inversión con criterios éticos y de
desarrollo sostenible.4
Estos ejemplos, y muchos otros que podemos encontrar a nuestro alrededor, ¿no son los signos de
que el Espíritu de Pentecostés continúa soplando? Tenemos que continuar en esta dirección. Para
nada sirve quejarnos del costo de los seguros sociales si nuestras empresas no toman en cuenta
sus responsabilidades y no aceptan contratar o mantener en sus puestos a las personas menos
competentes y que sin embargo necesitan un trabajo y un salario. ¿Cuándo tendrá la Bolsa en
cuenta esta actitud constructiva de las empresas, por lo menos tanto como de sus resultados
financieros?
Volviendo a nuestras preguntas de partida sobre el significado del acontecimiento de Pentecostés,
o sobre la manera de tomar en cuenta las promesas de Jesús, ¿no se tratará de permitir que el
mensaje evangélico nos sitúe de nuevo en el corazón de una ética en la que la comunidad humana
esté en el centro de nuestras preocupaciones y actividades? Calvino nos invita a esta actitud
mediante una “oración para decir antes de actuar” escrita en 1562 y de la que me parece que un
extracto puede concluir nuestra meditación:
...Señor, que te plazca asistirnos por tu Espíritu Santo, para que podamos ejercer fielmente
nuestro estado y vocación sin ningún fraude ni engaño, sino que miremos mas bien el seguir tus
mandatos mas que satisfacer el apetito de enriquecernos; que si a pesar de todo, quieres
prosperar nuestro trabajo, que Tú nos des también el valor de atender a los que están en la
indigencia, según el poder que tu nos hayas dado, manteniéndonos en humildad para que no nos
consideremos superiores a los que no hayan recibido tanto de tu generosidad

Referencia bibliográfica:
Jean Calvin: « Commentaire sur les cinq livres de Moïse »
« Commentaire du Nouveau Testament »
« Institution de la religion chrétienne »
André Biéler : « La pensée économique et sociale de Calvin », Georg Genève, 1959. En
particulier le Chapitre IV « Les richesses et la maîtrise du pouvoir économique »
Jacques Ellul : « L’Homme et l’argent » (réédition), Presses bibliques universitaires, Lausanne

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